¿Dónde estaba Dios cuando tembló la Tierra? El mal, los terremotos y nuestra responsabilidad.

¿Dónde estaba Dios cuando tembló la Tierra?

El mal, los terremotos y la responsabilidad que no podemos dejar solo en manos del cielo.

Queridos lectores:

Estábamos Pepe y yo  tomando un café en Plaza Bib-Rambla cuando la televisión del bar interrumpió la conversación. Imágenes de un terremoto. Edificios convertidos en polvo. Gente corriendo. Niños llorando. Durante unos segundos el bar entero se quedó en silencio.

Miré la pantalla y, sin pensar demasiado, solté la pregunta.

—Pepe… ¿dónde estaba Dios cuando pasó todo eso?

Pepe dejó la cucharilla sobre el plato. No respondió enseguida. Y eso, viniendo de él, ya era una respuesta.

—Llevamos más de dos mil años haciéndonos esa misma pregunta, Porrúa.

Una pregunta más antigua que Granada

Pepe empezó a contarme que un filósofo griego llamado Epicuro ya se preguntaba algo parecido.

—Si Dios puede evitar el mal y no lo hace... ¿es bueno? Si quiere hacerlo pero no puede... ¿es todopoderoso?

Ahí me quedé pensando. Porque esa pregunta sigue apareciendo cada vez que un terremoto sacude una ciudad, cuando una inundación arrasa un pueblo o una guerra convierte una casa en escombros.

Y no hace falta irse muy lejos. Granada sabe bien lo que es sentir la tierra moverse bajo los pies. Vivimos en una de las zonas con mayor actividad sísmica de España. Aquí los terremotos forman parte de la historia tanto como la Alhambra o Sierra Nevada.

Quizá por eso la pregunta duele un poco más.

Cuando Lisboa cambió la forma de pensar.

Pepe me habló entonces del terremoto de Lisboa de 1755. Miles de muertos. Iglesias derrumbadas en pleno día de Todos los Santos. Europa entera quedó conmocionada.

Muchos dijeron que era un castigo divino.

Otros, como Voltaire, respondieron que llamar "plan de Dios" al sufrimiento de tantos inocentes era demasiado fácil.

Y entonces apareció Rousseau con una idea que todavía hoy incomoda.

—El terremoto no lo provocó el hombre, pero muchas muertes sí.

Habían construido edificios demasiado altos, demasiado juntos y donde no debían.

De repente comprendí que una cosa es la naturaleza... y otra muy distinta cómo decidimos convivir con ella.

Esperar un milagro... o construir un puente.

Volvimos caminando hacia casa.

Yo seguía dándole vueltas a la cabeza.

Porque, vamos a ver... una cosa es que tiemble la tierra y otra muy distinta que un hospital lleve veinte años esperando una reforma, que los bomberos no tengan medios suficientes o que un sistema de alertas no funcione.

No todo puede dejarse en manos de Dios.

Ni del destino.

Ni de la suerte.

Los Estados también tienen una responsabilidad enorme. Preparar a la población, invertir en prevención, escuchar a los científicos y construir infraestructuras capaces de resistir.

Quizá el verdadero milagro sea precisamente ese.

Que cuando llegue una catástrofe haya hospitales preparados, equipos de rescate suficientes y personas formadas para salvar vidas.

La fe puede sostener el alma.

La prevención salva personas.

El mal también puede ser muy corriente.

Ya en casa, mientras Pepe desaparecía entre sus libros de física cuántica, yo seguía investigando.

Descubrí que Hannah Arendt hablaba de algo llamado "la banalidad del mal".

Y no se refería a monstruos.

Se refería a personas normales que dejan de pensar, obedecen órdenes y miran hacia otro lado.

Quizá el mal no siempre llega haciendo ruido.

A veces llega disfrazado de burocracia, de indiferencia o de ese "ya lo arreglará otro".


Al final...

Mientras escribo estas líneas miro por la ventana.

Granada sigue igual de hermosa.

Y pienso que llevamos siglos preguntándole al cielo por qué ocurren las desgracias.

Quizá nunca obtengamos una respuesta definitiva.

Pero sí podemos decidir cómo reaccionamos cuando llegan.

No podemos impedir que la tierra tiemble.

Pero sí podemos construir mejor.

No podemos evitar todas las enfermedades.

Pero sí invertir en hospitales e investigación.

No podemos controlar el destino.

Pero sí la solidaridad.

Quizá Dios nos dio libertad.

Y con ella vino una responsabilidad enorme.

Porque esperar un milagro puede aliviar la conciencia.

Preparar una sociedad para proteger a los suyos... eso sí está completamente en nuestras manos.

Y entonces comprendí que, quizá, el verdadero jardín del que hablaba Voltaire no está en el cielo.

Está aquí abajo.

Y nos toca cultivarlo entre todos.

Vuestra siempre,
La Porrúa

👇 Dejadme vuestros comentarios.
¿Creéis que las catástrofes son solo obra del destino, o también hablan de las decisiones que tomamos como sociedad? Me encantará leeros.

Comentarios

  1. Totalmente de acuerdo, "" La banalidad del mal" , una lectura muy interesante en estos momentos, de hecho en los últimos tiempos, parece que cada día la vida carece de importancia.
    Me gusta mucho tu reflexión Porrua.

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  2. Me ha encantado Porrúa

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