¿Ciudades para vivir o ciudades para mirar?
Otra persiana que baja en Granada
El otro día iba caminando por Reyes Católicos con Pepe, una de esas tardes en las que Granada parece estar hecha para pasear despacio.
Ya saben ustedes que yo soy muy de mirar escaparates.
Pepe, en cambio, mira más las cosas que hay detrás de los escaparates. Cada uno tiene sus manías.
Al llegar hacia la zona del Zacatín vimos una persiana bajada.
Otra más.
-Vaya ,dije yo. Otro comercio que cierra.
Me quedé mirando el cartel de "se alquila", que parecía llevar allí el tiempo suficiente como para que alguien le hubiera tenido que renovar el pegamento.
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Pepe se quedó unos segundos callado y me dijo:
.Las ciudades cambian, Porrúa. Lo han hecho siempre. El problema es cuando cambian tan deprisa que no sabemos qué estamos perdiendo por el camino.
Miren ustedes qué cosas tiene Pepe. Yo veo una tienda cerrada y él ve una pregunta.
Seguimos caminando.
Porque una persiana que baja no es solamente una puerta que se cierra.
A veces es una pequeña parte de la vida cotidiana que desaparece.
La tienda donde alguien conocía tu nombre.
El comercio donde no hacía falta explicar demasiado lo que buscabas.
Ese lugar al que entrabas diciendo: "A ver si tienes esto", y la persona del mostrador sabía perfectamente qué era o de qué estabas hablando.
Granada cambia.
Como todas las ciudades.
Y sería absurdo querer congelarla en una postal antigua.
Pero mientras caminaba de vuelta a casa me quedó una pregunta rondando:
¿Qué está pasando en los centros históricos de nuestras ciudades?
Cuando llegamos, Pepe hizo lo que hace casi siempre: se sentó con su libro de filosofía.
Yo hice lo que hago cuando una cosa me ronda la cabeza: encendí el ordenador.
Porque una cosa es quejarse delante de una persiana cerrada.
Y otra es preguntarse por qué se están bajando tantas.
Cuando una ciudad deja de ser barrio
En los libros de los expertos se habla mucho de esta transformación que sufren las ciudades.
Le ponen nombres bastante complicados: turistificación, gentrificación, especialización turística... Pepe dice que son términos muy finos para explicar algo que en el fondo es de pura lógica.
Y la idea es bien sencilla.
Un centro histórico puede pasar de ser un lugar donde la gente vive, trabaja y hace su vida diaria a convertirse cada vez más en un espacio pensado para quienes vienen de visita.
Y aquí hay que decir algo importante:
El turismo no es el enemigo.
Granada no sería Granada sin los viajeros que durante siglos han llegado atraídos por su historia, su belleza y su patrimonio.
El turismo trae riqueza.
Crea empleo.
Ayuda a conservar edificios y espacios históricos.
El problema aparece cuando una ciudad pierde equilibrio.
Cuando una actividad empieza a ocupar tanto espacio que las demás desaparecen.
Una ciudad no es solo lo que se fotografía
Porque una ciudad histórica no es únicamente la Alhambra, el Albaicín o una calle bonita para hacer una fotografía.
Una ciudad también es la frutería del callejón.
La mercería de toda la vida, la platería del pasaje o la droguería donde aún venden las cosas al peso.
El vecino que baja a por el pan y se lía de cháchara en la acera.
El zapatero que lleva veinte años arreglando los zapatos.
Eso también es patrimonio.
Aunque no salga en ninguna guía turística.
A veces pensamos que lo que hace especial a una ciudad son sus monumentos.
Y claro que lo son.
Pero los monumentos no hablan.
Las personas sí.
La ciudad escaparate
El problema aparece cuando una ciudad empieza a parecerse demasiado a un escaparate.
Todo bonito.
Todo preparado.
Todo pensado para gustar.
Pero una ciudad no puede vivir solo de ser admirada.
También tiene que poder ser habitada.
Porque si llega un momento en que hasta para tomar una tapa hay que hacer una reserva con tres días de antelación, elegir turno, consultar veinte opiniones y casi presentar un currículum gastronómico...
quizá hemos ganado algunas cosas.
Pero quizá también hemos perdido esa maravillosa costumbre granadina de entrar en un sitio porque olía bien y porque había una mesa libre.
Que tampoco digo yo que haya que volver a comer en una mesa coja con una servilleta de papel pegada al plato.
Una cosa es conservar la esencia.
Y otra vivir como si estuviéramos rodando un documental de 1985.
¿Turistas o vecinos?
La gran pregunta es esa:
¿Tenemos que elegir?
¿Una ciudad turística tiene que dejar de ser una ciudad para sus vecinos?
Los expertos hablan de la capacidad de carga turística.
Dicho de una forma sencilla: cuánto turismo puede soportar una ciudad sin perder aquello que la hace especial.
Porque no solo importa cuánta gente entra.
También importa cómo queda la ciudad cuando esa gente se va.
Una ciudad equilibrada necesita hoteles, restaurantes y visitantes.
Pero también necesita viviendas.
Comercios.
Servicios.
Vecinos.
Necesita vida.
Porque el turista busca precisamente eso.
No viene solamente a ver piedras.
Viene a sentir una ciudad.
Viene buscando algo auténtico.
Y lo auténtico no se puede fabricar completamente.
Granada no puede convertirse en un decorado
Esa tarde, mientras apagaba el ordenador, miré por la ventana y pensé que quizá el mayor peligro de una ciudad histórica no es cambiar.
Las ciudades tienen que cambiar.
El peligro es cambiar tanto que un día ya no reconocemos aquello que queríamos conservar.
Granada tiene una enorme suerte: el mundo quiere conocerla.
Pero también tiene una enorme responsabilidad:
seguir siendo una ciudad donde alguien quiera vivir.
Porque una ciudad sin turistas puede quedarse triste.
Pero una ciudad sin vecinos puede convertirse en un decorado precioso.
Y ya saben ustedes que los decorados tienen una ventaja:
Nunca se quejan.
No necesitan colegios.
No compran en las tiendas.
No bajan a tomar café con el vecino.
Pero tampoco cuentan historias.
Y Granada, queridos lectores, tiene demasiadas historias como para quedarse muda.
Así que la próxima vez que vea una persiana bajada en Reyes Católicos, en el Zacatín o en cualquier calle del centro de su ciudad, además de preguntarme qué abrirán mañana, me haré otra pregunta:
¿Quién seguirá abriendo la ciudad cada mañana?
Vuestra siempre, La Porrua
Y ustedes, queridos lectores: cuando bajan a pasear por el centro, ¿qué comercio o rincón de toda la vida echan ya de menos? Me encantará leerles abajo en los comentarios.👇



Claro que los ciudadanos dan caracter a una ciudad, sus costumbres son una parte fundamental, incluso podríamos decir que son los actores en una obra de teatro en la que con el decorado no basta.
ResponderEliminarGracias por tus reflexiones.