Cuando un eclipse daba más miedo que asombro.

  

Cuando un eclipse daba más miedo que asombro

Durante siglos, los eclipses fueron vistos como señales de dragones, demonios y malos presagios. Hoy sabemos explicarlos… pero siguen dejándonos con la misma capacidad de asombro.

Queridos lectores:

El otro día salí al balcón con mi café de siempre y me encontré a Pepe mirando al cielo con unas gafas de lo más extrañas.

-Pepe… ¿y esas gafas de dónde han salido?

-Son para el eclipse.

-¿Para el eclipse? ¡Pero si todavía faltan unos días!

Pepe sonrió.

-Precisamente por eso. No pienso perdérmelo.

Me apoyé en la barandilla mientras él seguía mirando al cielo.

-La verdad es que tiene que ser bonito de ver.

Pepe asintió sin apartar la vista del cielo.

-Y pensar que hubo un tiempo en que nadie quería ver un eclipse.

Lo miré sorprendida.

-¿Cómo que nadie quería verlo?

-Todo lo contrario que ahora. Hoy la gente busca el mejor sitio para contemplarlo. Hace siglos, cuando el Sol desaparecía de repente, muchos creían que era un mal presagio.

-¿En serio?

-Claro. Como nadie sabía explicar lo que estaba ocurriendo, cada pueblo buscó su propia explicación. En la antigua China creían que un dragón se tragaba el Sol y armaban un ruido infernal con tambores para espantarlo. Y en la Europa medieval muchos pensaban que un eclipse anunciaba guerras, plagas o incluso la muerte de un rey.

Me quedé mirando el cielo otra vez.



-Pues menos mal que hoy sabemos lo que ocurre...

Pepe sonrió, levantó su inseparable libro de física cuántica y, con esa tranquilidad que le caracteriza, se fue al salón.

Yo hice lo que hago siempre cuando algo despierta mi curiosidad.

Encendí el ordenador.

Y, como suele pasarme, una búsqueda llevó a otra.

Descubrí que aquellas historias no eran las únicas. En la India, por ejemplo, se decía que el demonio Rahu intentaba tragarse el Sol para vengarse de los dioses. Los mayas y los aztecas también interpretaban los eclipses como mensajes de sus divinidades y les atribuían un profundo significado religioso.

Al final comprendí que todos estaban contemplando exactamente el mismo fenómeno.


Lo único que cambiaba era la historia que cada cultura inventó para explicarlo.

Y pensé que, cuando la ciencia todavía no tenía respuestas, la imaginación hacía el resto.

Pero, una vez satisfechas las leyendas, quise averiguar qué dice realmente la astronomía sobre los eclipses.

Cada año se producen entre dos y cinco eclipses solares en algún lugar del planeta. Lo que ocurre es que la mayoría pasan desapercibidos para nosotros porque suceden sobre el océano o atraviesan regiones poco habitadas.

Lo realmente extraordinario es que uno pueda verse desde el lugar donde vivimos.

Los eclipses no aparecen por casualidad. Los astrónomos pueden calcular con años, e incluso siglos, de antelación el día, la hora y el recorrido exacto de la sombra de la Luna. Todo responde a los movimientos de la Tierra y de la Luna, tan precisos que permiten predecir estos fenómenos con una exactitud sorprendente.

Entonces entendí por qué nuestros antepasados se asustaban tanto.

Hoy conocemos el momento exacto en el que comenzará un eclipse.

Ellos solo veían cómo, de repente, el Sol empezaba a desaparecer.

Y eso, sin ninguna explicación, debía de ser realmente inquietante.

Cinco curiosidades que quizá no sabías sobre los eclipses

Mientras seguía leyendo, fui encontrando algunas curiosidades que me dejaron con la boca abierta.

La primera me sorprendió muchísimo.

Durante un eclipse total la temperatura puede bajar varios grados en apenas unos minutos. Al quedar oculto el Sol, deja de llegar parte de su calor a la superficie terrestre y el ambiente se enfría con rapidez.

Es como si la naturaleza decidiera, por un instante, adelantar el atardecer.

La segunda tiene que ver con nuestros compañeros de planeta.

Muchos pájaros dejan de cantar y regresan a sus nidos porque creen que ha anochecido. Al mismo tiempo, algunos insectos nocturnos empiezan su actividad antes de tiempo, convencidos de que ya ha llegado su momento.

Vamos... que los únicos que nos quedamos un poco despistados mirando al cielo no somos nosotros.

Otra curiosidad fascinante es que solo durante un eclipse total podemos contemplar la corona solar, una especie de halo blanquecino que rodea al Sol.

Normalmente está ahí, pero el intenso brillo de nuestra estrella la mantiene oculta.

Por eso los científicos esperan estos fenómenos con tanta ilusión. Esos pocos minutos les permiten estudiar la atmósfera exterior del Sol y comprender mejor cómo se comporta nuestra estrella.

Esta me hizo sonreír.

En algunas ciudades, si el eclipse oscurece lo suficiente el cielo, las farolas se encienden automáticamente.


No es que el eclipse vuelva locos a los electricistas.

Simplemente, los sensores detectan una falta de luz y hacen exactamente aquello para lo que fueron programados.

Confieso que no pude evitar imaginármelas diciendo:

—Bueno... pues si ya es de noche... ¡nos toca trabajar!

Y entonces llegué a la curiosidad que más me sorprendió de todas.

Durante un eclipse parcial, los pequeños huecos que quedan entre las hojas de los árboles actúan como diminutas cámaras oscuras.

En lugar de proyectar sombras normales, dejan pasar la luz del Sol con la forma que tiene en ese momento.

¿El resultado?

El suelo se llena de cientos, o incluso miles, de pequeñas medias lunas de luz que se mueven entre las sombras de las hojas.

Es un efecto completamente natural y precioso.

Muchas personas pasan todo el eclipse mirando al cielo...

sin darse cuenta de que, a veces, el espectáculo también está ocurriendo bajo sus pies.

Cuando cerré el ordenador me quedé unos minutos pensando.

Qué curioso.

Durante miles de años, un eclipse fue motivo de miedo.

Los reyes consultaban a sus astrólogos, los pueblos hacían sonar tambores para espantar dragones imaginarios y muchas personas pensaban que el fin del mundo podía estar cerca.

Hoy sabemos que nada de eso ocurre.

Sabemos que un eclipse es simplemente el momento en el que la Luna se interpone entre la Tierra y el Sol y proyecta su sombra sobre una parte de nuestro planeta.

Sabemos cuándo empezará.

Cuánto durará.

Y hasta por dónde pasará exactamente esa sombra.

Sin embargo, hay algo que no ha cambiado.

Seguimos levantando la vista al cielo.

Seguimos guardando silencio cuando el día empieza a oscurecerse.

Seguimos sintiendo ese pequeño escalofrío que produce contemplar algo tan extraordinario.

Y creo que eso es lo verdaderamente bonito.

La ciencia nos ha explicado el fenómeno.

Pero no ha conseguido quitarle la magia.

Y quizá no deba hacerlo.

Porque hay espectáculos que, aunque entendamos perfectamente cómo funcionan, nunca dejan de emocionarnos.

Vuestra siempre,

La Porrúa.

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