Minicréditos y créditos rápidos: ¿por qué los pedimos para todo?
De financiar un negocio a pedir dinero para llegar a fin de mes o pagar las vacaciones. Análisis sobre los intereses reales y las trampas de los minicréditos.
Cosas que pasan cuando sales a pasear con Pepe y te encuentras con la realidad financiera de este país...
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| Mirar la pantalla y descubrir lo que de verdad cuesta el 'dinero rápido'. |
El otro día íbamos paseando Pepe y yo por la calle Puentezuelas cuando, al pasar junto a una familia, escuché una conversación que me hizo volver la cabeza.
-Este mes vamos fatal ,decía la madre. Entre los libros, el material del colegio, la ropa de los niños y todo lo que hemos gastado en las vacaciones... Ya ,contestó el padre. Tendremos que pedir un minicrédito y cuando llegue la paga lo devolvemos.
Pepe y yo seguimos andando unos metros.
-Pepe, ¿has oído lo del minicrédito?
-Sí, Porrúa.
-¿Pero eso no era lo de los microcréditos?
-No exactamente. Los primeros microcréditos, como los que impulsó Muhammad Yunus en Bangladesh en los años setenta, tenían otra finalidad: ayudar a personas sin acceso a los bancos a poner en marcha pequeñas actividades.
-O sea, para salir adelante.
-Exactamente. Ahora los créditos pequeños se utilizan para muchas más cosas.
-¿Incluso para unas vacaciones?
Pepe me miró.
-También.
-¿Y son caros?
-Algunos, bastante.
-¿Cuánto?
-Depende.
Naturalmente. La palabra favorita de cualquier respuesta financiera.
Al llegar a casa, Pepe se encerró con sus libros de filosofía y yo me fui directa al ordenador. Porque una cosa es escuchar que una familia va a pedir dinero para llegar a septiembre y otra es saber. qué estamos pidiendo, cuánto cuesta y cómo hemos llegado hasta aquí. Y claro, ya no pude parar de pensar en el asunto.
Empecé por aquel pequeño préstamo que nació con una intención bastante diferente de la que tienen muchos créditos actuales. La idea inicial era sencilla: prestar pequeñas cantidades para ayudar a alguien a poner en marcha una actividad y generar ingresos. Y entonces me surgió una pregunta: ¿en qué momento pasamos de pedir dinero para construir algo a pedir dinero para poder pagar lo que necesitamos hoy?
Porque el crédito fue entrando poco a poco en nuestras vidas. Primero el préstamo. Después la tarjeta. Luego el pago aplazado. Y finalmente esa frase que parece diseñada para tranquilizarnos: «Solo son 50 euros al mes».
Claro que 50 euros parecen poca cosa. El problema es cuando son 50 de aquí, 60 de allá, 40 de la tarjeta y otros 50 de aquella compra que, sinceramente, ya ni recordamos.
Y entonces aparecieron los créditos rápidos y los minicréditos: pequeñas cantidades, solicitud sencilla y dinero disponible con rapidez. La parte menos simpática suele estar al otro lado: ¿cuánto tengo que devolver?
Hagamos la cuenta de los 1.000 euros
Aquí quise hacer una prueba muy sencilla. Supongamos que necesito 1.000 euros. Me los prestan. Perfecto. Pero esos 1.000 euros no siempre me costarán 1.000. Dependiendo del producto, del plazo, de los intereses y de las comisiones, puedo acabar devolviendo bastante más.
Por ejemplo, si recibo 1.000 euros y termino devolviendo 1.350, el dinero me ha costado 350 euros. Y entonces la pregunta ya no es: «¿Me prestan 1.000 euros?», sino: «¿Estoy dispuesto a pagar 350 euros por disponer hoy de esos 1.000?». Ahí está la cuestión.
Y entonces aparecen las famosas siglas TAE, que son como la letra pequeña de la vida. Sirven para comparar, dicen. Yo les propongo algo más sencillo: miren cuánto dinero entra en su cuenta y cuánto sale. El resto es humo.
La cuota mensual puede parecer pequeñísima. La deuda completa ya no tanto.
¿Y para qué pedimos dinero?
Aquí fue donde encontré algo que me hizo pensar. Hoy podemos pedir dinero para arreglar el coche, cambiar un frigorífico, pagar una factura, hacer una mudanza o estudiar. Hasta ahí, podemos estar hablando de necesidades perfectamente comprensibles. Pero también encontramos créditos para financiar vacaciones, compras y prácticamente cualquier cosa que queramos.
Y no se trata de juzgar a quien pide dinero. Nadie pide un minicrédito a precio de oro por gusto. Si los sueldos se estancan y la cesta de la compra o la luz se disparan, la necesidad aprieta. El problema es que el negocio de estos créditos no está en ayudarte a salir del apuro, sino en engancharte al siguiente.
Cuando pedimos dinero para pagar y después necesitamos pedir dinero para pagar lo que habíamos pedido... ahí la cosa cambia.
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| Miren cuánto dinero entra en su cuenta y cuánto sale. El resto es humo |
Y llega septiembre
Porque septiembre tiene esa delicadeza suya de recordarnos que las vacaciones, además de terminar, se pagan. Libros. Material escolar. Ropa. Recibos. La tarjeta que utilizamos alegremente en agosto. Y la nómina, que parece haberse quedado atrapada en algún lugar entre el verano y el otoño.
Entonces aparece la frase: «Pido un poco ahora y cuando cobre lo devuelvo». Puede ser una solución. Pero si ese dinero tiene un coste elevado, el pequeño agujero de hoy puede convertirse en otro mañana. Y otro. Y otro. Hasta que el crédito deja de ser excepcional y empieza a convertirse en una forma de mantener nuestra economía a flote.
Del «te presto para que produzcas» al «te presto para que llegues»
Quizá esta sea la parte que más me ha hecho pensar. Porque el crédito no es malo por sí mismo. Puede ayudarnos a estudiar, comprar una vivienda, montar un negocio, afrontar una emergencia o adquirir algo que necesitamos. La cuestión está en saber qué pedimos, cuánto nos cuesta y si podremos devolverlo sin tener que volver a pedir prestado.
Porque el camino ha sido curioso.
Primero: «Préstame dinero para poder ganarme la vida».
Después: «Préstame dinero para comprar algo que necesito».
Más tarde: «Déjame pagarlo poco a poco».
Y ahora: «Préstame dinero hasta que llegue la nómina».
Y quizá el cambio no esté solamente en los bancos. Quizá también esté en nosotros. Tenemos más cosas al alcance de la mano que nunca. Podemos comprar desde casa, pagar después, fraccionar y pedir dinero desde el móvil. Todo muy cómodo. Hasta que llega la cuenta.
Porque el crédito puede adelantar el dinero. Lo que no puede adelantar es nuestra capacidad para pagarlo. Y esa sigue siendo la misma de siempre.
Así que la próxima vez que veamos «Consigue 1.000 euros rápidamente», quizá deberíamos añadir una segunda pregunta: «¿Y rápidamente cuánto tendré que devolver?».
Porque el dinero puede llegar en cinco minutos. Pero la deuda tiene mucha más paciencia.
P.D.: Lo malo de las vacaciones no es que terminen, es que te las cobran cuando ya estás de vuelta. Y uno se pregunta: ¿de verdad necesitaba esa torre de toallas con forma de cisne o lo que necesitaba era llegar a octubre sin deberle nada a nadie? Cosas que piensa una cuando septiembre llama a la puerta.
Vuestra siempre. La Porrúa
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