¿Nos hemos olvidado de aburrirnos?
El valor de esos momentos en los que nadie nos dice qué hacer
Queridos lectores:
Septiembre tiene algo estupendo: la playa empieza a recuperar la calma. Ya no hay tanta gente, el paseo se puede hacer sin ir esquivando sombrillas y, por fin, una puede sentarse tranquilamente a mirar el mar.
El otro día estaba en la playa con Pepe, cuando escuché a un niño decirle a su madre:
-Mamá, me aburro.
Miré al niño. Tenía delante un cubo, una pala, arena, agua, piedras y todo el Mediterráneo a su disposición.
La abuela, que debía de estar pensando lo mismo que yo, miró alrededor y dijo:
-¿Pero cómo se puede aburrir este niño con todo lo que tiene?
Pepe me miró y yo le dije:
-Pues yo me acuerdo de que, cuando era pequeña, mis hermanos y yo le decíamos a mi madre que nos aburríamos y ella nos respondía: Pues daros un "calamonazo" contra la pared.
Nos echamos a reír.
-Y, claro ,añadí, nosotros sabíamos perfectamente que no teníamos que darnos ningún "calamonazo". Era una manera de hablar.
-Lógicamente ,asintió Pepe. tu madre no quería que os estamparais contra el tabique, era su forma de deciros: "Búscaos la vida".
,Exactamente.
-Aunque hoy en día , añadió él con guasa, para decir una frase así, habría que acompañarla de una aclaración, un abogado, tres testigos y un documento firmado ante notario que demostrara que aquello era solo una frase hecha.
-Pues sí . Y mira que en nuestra época estaba bastante claro.
Volví a fijarme en el pequeño. Seguía allí, de brazos cruzados frente a la orilla, impasible ante semejante despliegue de posibilidades.
-Es que sigo sin entenderlo. ¿Cómo se puede aburrir teniendo un mar entero por delante?
Pepe se quedó mirándolo un instante.
—Porque tener cosas que hacer no significa necesariamente saber qué hacer.
Me quedé pensando.
-¿Tú crees?
-Claro. Puedes tener delante un montón de opciones y no saber por dónde empezar. O simplemente esperar a que sea otra persona la que te diga qué hacer.
Aquella frase de Pepe se me quedó dando vueltas todo el camino de vuelta a casa.
Porque quizá el aburrimiento no sea simplemente no tener nada que hacer. Y tampoco hace falta estar solo mirando al techo para aburrirse. Uno puede estar rodeado de gente, de ruido y de entretenimiento y seguir sintiendo ese pequeño vacío de ¿y ahora qué?.
La cuestión parecía estar en otro sitio.
Y como a mí estas cosas me dan por investigar en cuanto llego a casa, me puse a buscar qué ocurre realmente cuando nos aburrimos. Y descubrí que los científicos llevan bastante tiempo intentando averiguarlo.
Lo primero que descubrí fue que el aburrimiento tiene bastante que ver con la atención y con la sensación de que lo que estamos haciendo no nos interesa. Y entonces me acordé de lo que me había dicho Pepe: resultó que tenía razón.
El cerebro no está precisamente de vacaciones cuando creemos que no estamos haciendo nada. Existe una red de distintas zonas del cerebro que se activa especialmente cuando dejamos de concentrarnos en una tarea y nuestra mente empieza a irse por otros caminos. Se llama Red de Modo por Defecto y está relacionada con cosas tan poco productivas, aparentemente, como recordar, imaginar, pensar en el futuro o dejar que unas ideas lleven a otras. Vamos, lo que toda la vida hemos llamado «estar en Babia».
De pronto entendí que esos momentos en los que parece que no hacemos nada tampoco son inútiles. Dejar un poco de espacio libre en la cabeza favorece que aparezcan ideas, recuerdos o conexiones inesperadas que no surgen cuando estamos ocupados a todas horas.
Entonces: Si aburrirse puede tener su utilidad, ¿en qué momento empezamos a pensar que había que evitarlo a toda costa?
Porque cuando yo era pequeña, el tiempo libre era precisamente eso: tiempo libre.
Éramos siete hermanos, así que cuando mi madre nos decía "búscaos la vida", tampoco es que nos faltaran candidatos. Unas veces jugabas con uno, otras con otro y, de vez en cuando, nos peleábamos entre nosotros. Que también era una manera bastante eficaz de pasar la tarde.
Si no estábamos jugando, sacábamos los lápices, inventábamos alguna cosa o nos íbamos a la calle. No había nadie pendiente de organizar nuestro entretenimiento. Había que buscárselo.
Después llegó la televisión y aquello cambió bastante las cosas. Pero la televisión de entonces tenía una diferencia importante con la de ahora: se acababa. Llegaba una hora y aparecía la familia Telerín.
«Vamos a la cama, que hay que descansar…»
Y se acabó. La tele se apagaba y volvía a aparecer aquel viejo enemigo de la infancia: el aburrimiento.
Y tampoco quiero decir que cualquier tiempo pasado fuera mejor. La televisión, los videojuegos e Internet nos han dado cosas estupendas.
La diferencia es que ahora el entretenimiento está disponible prácticamente todo el tiempo. Antes había momentos en los que, sencillamente, no había nada. Y cuando no había nada, había que inventárselo.
Hoy en día, en cuanto hay diez segundos de pausa ,en la parada del autobús, en la sala del médico o esperando el ascensor, echamos mano del bolsillo. Desbloqueamos el móvil, miramos, deslizamos y seguimos. Como si un instante de silencio fuera una pequeña emergencia que hay que resolver de inmediato.
Y ahí empecé a pensar que quizá el problema no sea que los niños ya no sepan aburrirse. Quizá lo que hemos hecho es desaprender nosotros a estar aburridos.
Porque el aburrimiento no siempre es agradable. Hay aburrimientos que son un auténtico tostón y que una estaría encantada de borrar del calendario. Pero también existe ese otro aburrimiento pequeño, el de no tener nada previsto durante un rato. El que deja espacio para que aparezca una idea, un recuerdo o simplemente las ganas de hacer algo que no estaba en ningún plan.
Y quizá eso sea lo que hemos ido perdiendo. No el entretenimiento. De eso tenemos más que nunca. Lo que quizá tenemos menos son esos momentos en los que nadie nos dice qué hacer.
Cuando nosotros le decíamos a mi madre que nos aburríamos, no nos preparaba una tabla de actividades ni nos buscaba nada para entretenernos. Nos decía:
—Pues dad un "calamonazo" contra la pared.
Y nosotros sabíamos perfectamente lo que quería decir. No era que nos diéramos ningún "calamonazo". Era su manera, bastante más graciosa, de decirnos: Búscaos la vida.
Y quizá, después de todo lo que he leído, empiezo a pensar que no era una mala enseñanza.
Porque a lo mejor aprender a aburrirse no consiste en quedarse mirando al techo. Consiste en aprender qué hacer cuando nadie te dice qué hacer.
Y eso, visto así, quizá sea algo que no deberíamos tener tanta prisa por quitarles a los niños. Ni tampoco a nosotros mismos.
Vuestra siempre, La Porrúa
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