La cola de las rebajas: cuando esperar se convirtió en deporte de riesgo.
Hay colas inevitables y colas innecesarias.
La de las rebajas pertenece, sin duda, al segundo grupo.
Y, sin embargo, allí estábamos Pepe y yo. Esperando para pagar. Rodeados de gente mirando al frente con la misma tensión con la que otros miran el marcador en una final que se decide en el último minuto.
Delante de nosotros, una joven suspiraba.
Miraba el móvil. Cambiaba de aplicación. Levantaba la vista.
Suspiraba otra vez.
Todo en menos de un minuto.
—Pepe —le susurré—, ¿crees que sabe que solo está esperando?
Pepe sonrió con esa calma suya. Esa que no se improvisa, se acumula.
—Lo sabe —dijo—. Lo que pasa es que su cerebro no está acostumbrado a esto.
—¿A esperar?
—A no recibir nada inmediato. A estar incómodo sin distraerse de la incomodidad.
Cuando la espera era parte de la vida.
La cola avanzó un paso. Solo uno.
La joven volvió a suspirar.
—Antes —continuó Pepe, como quien no quiere pontificar— la vida entrenaba paciencia sin pedir permiso. No por virtud, sino por falta de alternativas.
Y tenía razón.
Antes se esperaba porque no había otra cosa que hacer. El autobús sin horario fijo. La carta que tardaba días. La llamada que dependía de que alguien estuviera en casa. La espera no era una elección consciente: era parte del paisaje.
—Ahora —añadió— el mundo pide rapidez. Respuesta inmediata. Multitarea. El cerebro aprende lo que el entorno le exige.
—¿Es cosa de edad? —pregunté.
—No —dijo—. Es cosa de exposición diaria.
La cola volvió a detenerse.
La joven suspiró otra vez, como si le hubieran quitado algo que esperaba recibir ya.
Neurobiología cotidiana (sin bata blanca)
—Esto —dijo Pepe— es una cuestión de "chip". El suyo viene programado para la respuesta rápida..
—Y esto —le respondí— es material para pensarlo con un café.
Así que aquí estoy. Café en mano. Pensándolo.
Durante años, esperar entrenó sin que lo supiéramos una cierta tolerancia a la frustración leve. Equivocarse implicaba arreglárselas en silencio. Las emociones se sentían, se callaban, se digerían caminando o trabajando. No siempre era sano, pero había algo que se fortalecía: la capacidad de estar con uno mismo sin huir a otra cosa.
Hoy hablamos más de emociones —y eso es un avance enorme—, pero a veces confundimos desahogarnos con aprender a regular lo que sentimos. El scroll constante, las notificaciones, la comparación permanente… todo eso fragmenta la atención y convierte cualquier espera en algo casi insoportable.
Lo que ganamos, lo que perdemos.
Antes se podía leer un libro entero sin que nadie interrumpiera cada dos páginas. Ahora cuesta sostener la mirada más de unos minutos sin buscar otra cosa que nos saque de ahí.
No se trata de idealizar el pasado. Cada época desarrolla las habilidades que necesita… y paga su precio.
Para quienes crecimos sin pantallas todo el día, había más resistencia cotidiana y menos conciencia emocional.
Ahora hay más conciencia, pero menos tolerancia a la incomodidad.
Quizá la clave no esté en volver atrás, sino en integrar. Recuperar un poco de esa paciencia que antes se entrenaba por obligación, y combinarla con la conciencia que hemos ganado. Aprender a ir despacio cuando toca. A mirar lo que tenemos delante. A no huir de cada pequeño vacío.
Aprender a esperar.
La joven de la cola sobrevivió a la espera.
Como sobrevivimos todos.
El cerebro, al final, aprende.
Siempre aprende.
Vuestra siempre,
La Porrúa
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Sí, estoy de acuerdo, hoy basamos casi todo en las emociones, quizá tendríamos que tener en cuenta algo más de los hechos.
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