Crónica de un remojón infinito: Cuando la malafollá es puramente química

Crónica de un remojón infinito: Cuando la malafollá es puramente química

Crónica de un "remojón" infinito: Cuando la malafollá es puramente química

Ay, mis valientes, ya no sé si os escribo desde mi escritorio o desde una balsa en mitad del Darro. Llevamos semanas en las que el cielo de Granada parece un grifo mal cerrado y, os lo digo de corazón, tengo el ánimo que no me cabe ni en un paraguas de los grandes. Estamos todos agotados, con esa pesadez en los huesos y una tristeza pastosa que no se quita ni con tres cafés en la Plaza del Campillo.

Ayer iba con Pepe cruzando la calle Ganivet, con el agua por los tobillos y un humor que ríete tú de los nublados.


-Porrúa, deja de suspirar, que vas a empañar hasta los escaparates me soltó con esa ironía suya tan de aquí—. Que no es que el mundo se acabe, es que tienes los niveles de serotonina por los suelos y la melatonina te está ganando la partida por goleada.

Me explicó, mientras nos refugiábamos bajo un alero, que lo nuestro ya no es "poesía bajo la lluvia". Cuando la luz escasea tanto tiempo, entramos de cabeza en el Trastorno Afectivo Estacional (TAE). Esa falta de energía, esa somnolencia que nos tiene a todos "chuchurrumíos" y esa tristeza que parece que no tiene fin, es pura química: la falta de sol hace que nuestra hormona de la felicidad (la serotonina) se tome unas vacaciones no pagadas.

-Pepe, es que son semanas ya... le dije yo, casi llorando. Siento que me falta el aire.

-Es que el clima es el director de orquesta de nuestro bienestar, Porrúa ,asintió él, ya más serio. Para muchos, estas tormentas prolongadas son fuente de ansiedad, estrés y aislamiento. No es solo que te mojes los pies; es que tu piel no está convirtiendo el colesterol en vitamina D3, esa que regula hasta mil genes de tu cuerpo y te mantiene el sistema inmune a raya. Estamos "oxidados" por dentro porque nos falta nuestra principal fuente de energía vital.


Pepe, que incluso empapado mantiene su elegancia granadina, me recordó que, aunque para algunos existe la pluviofilia (esa calma de ver llover tras el cristal), cuando el chubasco se vuelve eterno, la introspección se convierte en melancolía pesada.

Así que, para los que estáis como yo, psicológicamente agotados de ver el cielo color panza de burra, aquí os dejo los "remedios de botica" que Pepe y yo hemos sacado en claro:

  • Buscad la luz donde sea: Aunque sea un rayito entre nube y nube, salid a que os dé en la cara para intentar sincronizar vuestro ritmo circadiano y poder dormir mejor de noche.
  • Si el médico lo ve claro, suplementad: Cuando el sol no llega, la vitamina D en gotas o pastillas puede ser el salvavidas para vuestros huesos y vuestro ánimo.
  • No os aisléis: La lluvia invita al encierro, pero el aislamiento solo alimenta la tristeza del TAE. Quedad para una tapa, aunque sea con las botas de agua puestas.

Al final, como dice Pepe mientras sacude el paraguas con malafollá: "Cada clima tiene su enseñanza, pero a este curso de natación ya le sobran tres semanas".

Vuestra siempre (y algo pasada por agua), La Porrúa.

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