El lobby y el tráfico de influencias: una cerveza en el Paseo de los Tristes
Cuando la política se mezcla con las terrazas de Granada
Estábamos Pepe y yo sentados en una terraza del Paseo de los Tristes, de esas que miran a la Alhambra. Era una tarde agradable de Granada y habíamos pedido dos cervezas bien frías. En la tele del bar, como no podía ser de otra manera, hablaban de otro escándalo político: lobby, tráfico de influencias y puertas giratorias.
Tras dar un sorbo, miré a Pepe y le dije:
-Pepe, ¿tú me puedes explicar qué es exactamente eso del lobby y el tráfico de influencias? Porque yo oigo las noticias y me quedo igual.
Pepe sonrió.
-Mira, Porrúa, es más sencillo de lo que parece. El lobby es la defensa organizada de intereses. Una empresa o un sector contrata a alguien que conoce a los políticos para que les explique su punto de vista. En muchos países está regulado y es legal.
-¿Y el tráfico de influencias? ,pregunté.
-Ahí es donde se tuerce todo. Es cuando alguien con poder usa su cargo o sus contactos para favorecer a alguien concreto a cambio de un beneficio. Ya no es defender un interés, es mover hilos en la sombra.
Asentí, di otro trago y me quedé un rato mirando la Alhambra. Terminamos la cerveza con calma y volvimos paseando a casa.
Lobby, tráfico de influencias y puertas giratorias explicados por La Porrúa
Al llegar, Pepe se perdió entre sus libros. Yo me preparé un café, me senté delante del ordenador y empecé a escribir:
Ay, queridos lectores…
Qué complicado es todo esto del lobby y el tráfico de influencias, ¿verdad? Después de la cerveza y la explicación paciente de Pepe, me he quedado con esa sensación incómoda de cuando te explican algo que, aunque dicen que es “legal”, a una le huele a cerrado desde hace tiempo.
El lobby, bien mirado, no es más que la versión moderna ,y con muy buen traje, de algo tan viejo como el mundo: defender intereses hablando con quien manda. Imaginaos que sois productores de jamón ibérico o aceituneros de Jaén: en vez de ir cada uno por su lado, contratáis a alguien elegante, que habla idiomas, conoce a los que deciden y les pone delante informes con gráficos y desayuno incluido. Todo declarado, todo en regla. Incómodo, sí… pero dentro del juego. Lo que en los pueblos de toda la vida era “ir a hablar con el alcalde”, solo que ahora con PowerPoint, corbata y palabras en inglés.
Pero luego está el tráfico de influencias. Ahí la cosa cambia de color. Eso ya no es defender un interés de forma abierta. Eso es usar el cargo público, o los contactos que conseguiste mientras lo tenías, para colocar a un primo, agilizar un permiso que no tocaba o conceder algo que no correspondía. El clásico “tú me debes una”, pero con firma, sello y despacho oficial.
Y aquí es donde más se me revuelve el café: las famosas puertas giratorias. Hoy eres ministro de Industria; mañana, consejero de una gran constructora. Hoy estás en la mesa que decide normas; mañana en la mesa donde se reparten beneficios. La puerta gira… y casi siempre acaba en un despacho más cómodo y bastante mejor pagado.
No sé… igual una es mal pensada. Pero cuando veo a algunos salir de un ministerio y aterrizar en un consejo de administración con la rapidez con la que mi vecina reserva sitio en el restaurante, pues qué queréis que os diga…
Cuando una también mueve hilos
Y entonces me acordé de algo que, visto ahora, me hace gracia y me da un poco de vergüenza. Cuando mi hijo era pequeño, quise meterlo en un colegio concertado que me parecía mejor. Empecé a llamar, a preguntar, a mover contactos… Moví todos los hilos que pude. Al final lo aceptaron. ¿Y sabéis qué pasó? Que cuando fui a decírselo, el niño llevaba ya varias semanas feliz en el colegio público donde le había tocado. No se quería cambiar ni de broma.
Total, que me quedé con un regustillo raro: la sensación de haber jugado a un juego que luego critico cuando lo hacen los de arriba. A pequeña escala, sí. Sin sueldos millonarios. Pero el mecanismo, si lo miras de cerca, no era tan distinto.
Las puertas que nunca dejan de girar
Al final, queridos lectores, nada de esto es nuevo. Los romanos ya tenían sus patronos y sus clientes. Siempre ha habido alguien susurrando cerca del poder. Lo único que cambia es el nombre y el tamaño del favor.
Y es que hay puertas que giran tan rápido que una ya no sabe si entra un político o sale un empresario. Quizá el verdadero problema no sea solo que existan… sino lo fácil que resulta acostumbrarse a verlas girar sin preguntar demasiado quién las empuja.
Vuestra siempre, La Porrúa
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Estoy contigo, esto es insoportable. No como algunos que tienden a pensar que son fake news, será que les toca en algo.
ResponderEliminarEse es el problema. Lo fácil que nos acostumbramos a estos sinvergüenzas
ResponderEliminarLo tuyo es "pa nota", siempre en el momento justo, felicidades ☺️
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